viernes, 17 de septiembre de 2021

Notas sobre el «comunismo de guerra» (IV)

 

Mario Rodríguez Pantoja

 

 

Cerrábase la maleza sobre los hombres que remontaban el curso de la Historia.

Alejo Carpentier

Fidel Castro and his men in the Sierra Maestra

 

Cuenta Cabrera Infante que, aun en la fecha en que escribía un ensayo biográfico sobre Carpentier, seguía abierto un debate iniciado varios años atrás por Carlos Franqui en torno a El siglo de las luces. Franqui, según el testimonio de Cabrera Infante, consideraba contrarrevolucionaria esta novela –con relación a la Revolución francesa y al castrismo-, lo cual hace suponer que la comprensión del régimen cubano por parte de Franqui era esencialmente errónea.

La cuestión de la violencia y sus repercusiones pudo ser con toda seguridad una de las cuestiones de mayor interés polémico. Pero el examen de determinados aspectos de la brutalidad inherente a las revoluciones que Franqui toma en cuenta hace que afloren diferencias significativas entre ellas que, al menos respecto al castrismo, pondrían en entredicho el carácter contrarrevolucionario de El siglo de las luces.

Ha habido formas de violencia revolucionaria de «propiedades milagrosas» (para usar una expresión de Galeano) que no han caracterizado precisamente a la Revolución cubana. Por ejemplo, la resurrección de la esclavitud en el Nuevo Mundo después de su descubrimiento por Europa. La utilización de trabajo esclavo por parte de los colonizadores permitió la acumulación de capitales que luego se invirtieron en la industrialización de Inglaterra, Francia, Holanda, Estados Unidos, en la multiplicación de los medios de comunicación y transporte en poder de estos países, etc. La violencia específicamente castrista, por el contrario, no ha contribuido en modo alguno al perfeccionamiento de la sociedad cubana, no ha sustituido formas retrógradas de vida por otras superiores; carece, por consiguiente, de contenido revolucionario. Y aun cuando desde la perspectiva del progreso se trata de una serie innumerable de actos irracionales, la violencia castrista solo parece concitar, entre la intelectualidad de izquierda, exculpaciones ridículas como las que le dedica Eduardo Galeano.

Si hubiese un ámbito en que la violencia castrista pudiera asociarse a una transformación «profunda» y «creadora», ése no sería otro que el del elemento gansteril y paramilitar de la política republicana. Visto desde una de sus facetas, el «socialismo» de Fidel Castro resulta de la supresión de la anarquía en la esfera de la violencia armada. En la base de dicha reestructuración se ubicaría el estancamiento de un organismo social cada vez más ajeno al tipo de «conmoción» e «inquietud» constante que caracteriza a las relaciones burguesas.

Tras el golpe de Estado protagonizado por el más potente grupo faccioso del momento −formado por los oficiales del ejército que deciden secundar a Batista, comienza la reanimación del universo cubano de las bandas armadas que, a su vez, experimentará un doble proceso de centralización y fractura. Una de entre las organizaciones violentas, recién surgida, comienza a sobresalir por su capacidad de aglutinamiento y por la amplitud y diversidad de sus formas de oposición al grupo en el poder. A paso acelerado la banda encabezada por Fidel Castro se hace omnipresente, abarca el medio urbano y las áreas rurales; posee capacidad para la realización de sabotajes y atentados en ciudades, y para la insurgencia guerrillera. E inmediatamente después de su victoria militar sobre Batista, el castrismo comienza a absorber, fusilar o imponer el exilio a los militantes del resto de organizaciones armadas, con independencia del poderío o la insignificancia de estas, de que fueran competidoras reales o potenciales, o careciran de opciones de supervivencia ante la hegemonía del todopoderoso Ejército Rebelde.

También, y casi de inmediato, la nueva organización dominante cancela la posibilidad de desafíos a su poder hegemónico al fusionar a su aparato militar-policial la economía del país. Así, de paso, el castrismo impone un tipo de asignación y distribución de bienes con apariencia de justicia y plena igualdad entre las personas que, supuestamente, supera los «antagonismos sociales» habidos en Cuba hasta entonces. Mucha gente, a partir de estos «hechos», ha llamado comunista al régimen de los Castro y se ha insistido en la similitud de su sistema con el de la también en apariencia clasistamente difusa Unión Soviética.

El que bajo el castrismo cesara la formación espontánea de sindicatos independientes, como la FOH o la CNOC en la época republicana, y que tampoco hayan aparecido instituciones representativas de los poderosos (una Asociación Nacional de Hacendados, por ejemplo), no es razón suficiente para asegurar que el «comunismo» castrista haya suprimido la existencia de intereses sociales irreconciliables. La explicación de este síntoma de la justicia del castrismo es otra.

La posibilidad misma de que pueda haber castrismo supone una distorsión tal de la clase campesina, del trabajador asalariado y de las capas privilegiadas que permita debilitar y ocultar, al menos en la representación, los antagonismos entre dichos grupos. No puede perderse de vista que el subsidio soviético es un atributo sin el cual el apogeo del régimen castrista, con sus abismales diferencias materiales y políticas entre «vanguardia» y «masa», sería sencillamente impensable.

Gracias a la «ayuda internacionalista» del Kremlin casi todas las ramas de la economía cubana se hicieron prescindibles. Los «bolos» enviaban de todo: la dirección del PCUS compartía una generosa fracción de plustrabajo con la élite «revolucionaria» de La Habana, que podía darse el lujo de destruir la agricultura y la escasa producción industrial de la isla. Valga decir que el subsidio soviético no era una especie de maná bíblico, sino trabajo arrebatado, resultado del expolio a campesinos y obreros de todas las repúblicas la ex Unión Soviética.

Otra cuestión no menos importante en una polémica como la desatada por Franqui sería observar que sólo lo revolucionado por el castrismo podría limitar el contenido de la contrarrevolución anticastrista. Esta última, dicho de otra manera, no podría existir al margen de aquellas transformaciones revolucionarias de las que por fuerza dependería.

Destinar el fruto del saqueo a uzbekos, armenios, ucranianos o rusos a paralizar económicamente el país, a entrenar guerrilleros por toda América Latina, a financiar la presencia de ejércitos cubanos en África, o implantar el apartheid turístico tras el derrumbe de la URSS, enviar médicos a Venezuela a cambio de petróleo y otros negocios por el estilo, puede definirse como se desee, excepto como una revolución social del tipo que sea.

Si nuestro «comunismo» desanduviese sus transformaciones, regresaría a modos perturbadores de organización paramilitar y liderazgo gansteril en las esferas del poder, retornaría a una democracia pistolera sustentada en el dominio de sí de las grandes fábricas de azúcar, pero aun este improbable recorrido no supondría un retroceso porque la «Revolución» cubana no ha conducido sino a remontar el curso de la Historia, dejando solo tras de sí o quedando solo por delante de la edad de las cavernas. Por eso carece de sentido esforzarse en extraer «contrarrevolución» anticastrista de El siglo de las luces.

Fuera del virtuosismo gansteril y del sistema represivo perfecto, el castrismo no supone apenas novedad en comparación con la República neocolonial. La acción intervencionista del Estado en la economía era, como demuestra Oscar Zanetti, un fenómeno creciente en Cuba desde la aprobación de la Ley Verdeja en año 1926, intervención cuyo objetivo era conservar la organización de la industria azucarera, conjuntamente con el resto de la armazón económica y política dependiente de ella. A partir de la fecha mencionada, las exportaciones y los precios del azúcar tienden a caer. Ante esta situación, para asegurar el acceso de todos los productores al mercado externo y salvar de la quiebra a los menos eficientes, el Estado establece una distribución equitativa de cuotas entre fabricantes y agricultores que es antecedente del conservacionismo social de la «Revolución» castrista. Aquella lucha por la igualdad, como luego lo hará el castrismo, amparaba a los productores débiles, sí, pero reproduciendo los fundamentos de la precariedad de estos y la fragilidad de las medidas para hacerla llevadera.

En sus comienzos, la intervención estatal en la producción azucarera respondía a la exigencia de regular el mercado. Pero, a partir de 1933, elementos de otro tipo como las disposiciones en materia laboral (jornada de ocho horas, establecimiento de salarios mínimos, regulación del procedimiento de despido, etc.), cobran relevancia inusitada. Con el castrismo sobrevivieron ambas vocaciones: la de reproducir hasta la eternidad las mismas mezquinas y endebles condiciones socioeconómicas junto a una política de protección al obrero. Las nacionalizaciones y las «conquistas sociales» de la Revolución constituyen pues, la tercera fase histórica de un intervencionismo estatal iniciado bajo la presidencia de Gerardo Marchado.

La dictadura castrista es una mutación en el intervencionismo que profundiza en el conservacionismo oligárquico que la precede, aunque el cuidado del «ecosistema» socio-azucarero pierda importancia frente al «programa social». Para mantener obstruido el cambio histórico, el progreso, el «ecologismo comunista» no tiene otra salida que la destrucción de importantes categorías del organismo social anterior, o la degradación de otras, sin apenas agregar algo nuevo. Por eso ha representado una pérdida progresiva de la realidad isleña, una simplificación de la vida nacional hasta el extremo de que hoy Cuba, carente de desarrollo industrial, tampoco participa de las relaciones internacionales como productor agrario de importancia, mientras «conquista» y se obstina en conservar su condición de importadora neta de alimentos.

En el caso cubano en particular, a la magra realidad socioeconómica que colma su «revolución» corresponde una producción intelectual carente de trascendencia teórica o artística. El gran cambio social que el castrismo se arroga no cuenta entre sus condicionantes con un «enciclopedismo» que contribuyera a crearle un ambiente espiritual mínimamente culto (ni Ortiz ni Guerra ni Cepero Bonilla ni Fraginals, por poner algunos ejemplos, prepararon intelectualmente la llegada del castrismo), como sí ocurrió con la Revolución francesa de 1789; tampoco el castrismo ha inspirado luego, ni dentro ni fuera, monumentos interpretativos o literarios en algún grado dignos de la filosofía hegeliana o de El siglo de las luces. En este respecto el régimen cubano tampoco tiene parangón con la Revolución rusa.

Posiblemente el «comunismo de guerra» sea el único punto de similitud socioeconómica entre el bolchevismo y la dictadura de los Castro. Aunque, para empezar, haya de reconocerse que, si en Rusia dicha situación resultó pasajera, en Cuba ha existido prácticamente de 1959 hasta hoy.

En 1918, y recién salida de la Primera Guerra Mundial, Rusia se vio envuelta en una guerra civil que exigía de las nuevas autoridades el control centralizado de la industria para salvaguardarla, por lo que el Estado soviético la nacionalizó y, cuando carecía de medios para hacerla funcionar directamente, la arrendó a capitales extranjeros. El Estado hubo de adoptar, además, una política de requisa de alimentos, pues la situación de la industria impedía pagar los productos del agro con bienes manufacturados y los obreros industriales debían ser alimentados. La requisa sustituía pues, al mercado como vínculo entre las producciones del campo y la ciudad.

El castrismo, por su parte, completó en 1968 su peculiar «comunismo de guerra» con el nombre de «ofensiva revolucionaria» que, al igual que el ruso, consistió en suprimir el mercado como forma de relación entre productores, pero vaciando o descampesinando el agro, y extirpando simultáneamente a los pequeños y medianos negocios urbanos, sustituyéndolos por un sistema de distribución basado en el racionamiento del consumo. La guerra contra el pequeño y mediano productor de mercancías, o «comunismo de guerra» castrista, fue pues, mucho más drástica y definitiva que la bolchevique.

En Rusia el «comunismo de guerra» –a diferencia de los fines que la variante castrista le imprime perseguía salvar del caos y la descomposición a la industria heredada del zarismo, mantener viva e impulsar la perspectiva modernizadora que con Nicolás II había entrado en un callejón sin salida. El bolchevismo se proclamaba así protector de un elemento civilizador al que la guerra civil rusa amenazaba de muerte. Este objetivo lo conquista el bolchevismo por medio del terror leninista, purgando luego al propio partido, generando hambruna, sometiendo y despojando al campesinado de sus excedentes cuando fuera necesario, e imponiendo a los obreros incontables privaciones.

En Cuba, nuestro peculiar «comunismo de guerra» no ha tenido otro fin que reproducir permanentemente el estado generalizado de pobreza entre la masa de población gobernada, sobre la base de la ruina industrial y agrícola de la nación. Su forma extrema y prolongada culminación, el «período especial» (crisis crónica del sistema de salud, incapacidad permanente para alcanzar la suficiencia alimentaria, etc.), representa el resquebrajamiento en apariencia definitivo de la función caritativo-paternalista del Estado «revolucionario».

Los bolcheviques fueron antes, durante y después de los años de «comunismo de guerra» un partido que apostó por la industrialización, por hacer de Rusia una potencia militar e industrial de primer orden mediante procedimientos más o menos similares a los empleados por los países civilizados de la Europa occidental. El PCC castrista, al contrario, nació apostando por la degradación productiva, el retroceso económico y la dependencia parasitaria, sin importar en realidad respecto a quienes: si a sus socios soviéticos o venezolanos, o a sus «enemigos mortales»: los Estados Unidos de América.

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