martes, 21 de septiembre de 2021

Notas sobre el «comunismo de guerra» (III)*

 

A Manuel Moreno Fraginals

 

 

 

Corliss engine, showing valvegear (New Catechism of the Steam Engine, 1904)



 Mario Rodríguez Pantoja

 

La trayectoria descrita por la Revolución cubana, desde que aparece y hasta que empiezan a desmoronarse sus «conquistas», contiene una serie de rasgos que permiten referirse a ella como un proceso de regresión histórica. Es como si, al reinventarse revolucionariamente, la sociedad de la Isla en realidad se hubiera movido describiendo un círculo que se contrae y se cierra en un punto remoto del pasado prerrevolucionario, aunque bajo circunstancias internas e internacionales diferentes.

Resulta llamativo el parecido de los fundamentos sobre los que se erige la Revolución cubana con los de La Habana colonial anterior a la fiebre azucarera de la segunda mitad del siglo XVIII, y es probable que dicho parecido no sea lisa y llanamente una casualidad, aunque sólo sea porque la casualidad consista en una «forma general del juicio».

A mi modo de ver, el vínculo orgánico del comienzo con la postrimería es un «misterio» aún por desvelar: después de emerger en calidad de apéndice militar subsidiado por el virreinato de Nueva España, la etapa de fortificaciones y trasiego de navíos que animaban la vida habanera prepara el paso a una época de esplendor fundada en el negocio azucarero. Pero casi dos siglos después, el declive de esta misma industria prepara el triunfo de un régimen autocrático o «socialista» que logra consolidarse aceptando que, a cambio de un cuantioso subsidio, la Unión Soviética incorpore a Cuba entre sus accesorios bélicos.

El azúcar fue durante más de dos siglos la forma cubana de lo universal, comienzo y «arjé» del cosmos insular forjado con ineludible mezquindad por parte de la «plantocracia», y quizá por eso destinado a retornar a un «sitio militar» similar al de su nacimiento, para apagarse mortalmente.

El establecimiento de rutas marítimas permanentes entre España y América en la segunda mitad del siglo XVI determinó que la villa de La Habana se convirtiera en pieza clave del imperio. El puerto habanero no podía caer en manos de potencias rivales sin causar graves perjuicios a las comunicaciones de España con sus posesiones en el Nuevo Mundo. Consciente de ello, el rey Felipe II ordena la fortificación de La Habana, cuyo costo sufragarían las cajas del virreinato de Nueva España. La construcción de las fortalezas del Morro y la Punta, la existencia de una fuerte guarnición y el “situado” de México hicieron circular el dinero que favoreció la fabricación de azúcar, escribe Ramiro Guerra, y aún en el siglo XVIII buena parte de los caudales destinados por la corona a la erección de La Cabaña fueron empleados en fomentar ingenios. Gracias a la guerra anglo-española de 1779, por ejemplo, se introdujeron millones de pesos, parte de los cuales se convirtieron en fondos de inversión para negocios privados.

Aunque en el siglo XVIII Cuba todavía se compone de regiones escasamente vinculadas entre sí y con características económicas diversas, este hecho comienza a modificarse en la medida en que la industria azucarera se propaga por todo el país. Con esto el cuadro físico y social de las diversas regiones se hace homogéneo, pero es en La Habana donde comienza el despliegue a gran escala de la producción de azúcar y donde dicho desarrollo tiene que abrirse camino mediante una revolución de grandes dimensiones.

La plantocracia habanera conquista con su actividad un nuevo marco jurídico de tenencia de la tierra que liquida el anterior sistema de mercedes y mayorazgos; crea una organización manufacturera que barre en gran parte con el modo artesanal de producir azúcar y que permite a Cuba verse representada en el concierto de los pueblos civilizados, ingresando en la modernidad, borrando su localismo, dejando atrás su significación meramente geográfico-militar. La manufactura azucarera atrajo hacia Cuba la máquina de vapor, el gas y la electricidad, el ferrocarril, el telégrafo y el teléfono. La inquieta azúcar, en adecuadas proporciones, podía transfigurarse en cualquier cosa, y, bajo las formas más diversas, retornar a la Isla.

La «sacarocracia» conquista el Cabildo habanero, modifica las instituciones coloniales y el modo de pensar en política, derecho y religión; funda cátedras para que las ciencias de Smith y Montesquieu sean enseñadas. Y para que la producción quede libre de «secretos feudales», hace esfuerzos para que la agricultura se asiente en conocimientos de física, química y botánica.

Sin embargo, la revolución de la plantocracia no llega a alterar el estatus colonial de la Isla. Su lastre principal es el frenesí que le imponen las leyes del mercado y el tener que recurrir a la esclavización de la fuerza de trabajo. «En su violento despertar –dice Moreno Fraginals– la sacarocracia está dominada por la avaricia y la ilimitada ambición de enriquecerse». Por eso naturalmente destruye o absorbe todas las energías y capacidades humanas con que se halla a su paso. En la zona de La Habana, la construcción de los edificios y el trapiche del ingenio, las labores del tejar, la dirección técnica y aun el corte y acarreo de caña cancelan la posibilidad de que exista un campesinado independiente, a la vez que sustraen también obreros al astillero, a la fundición y a otras diversas labores artesanas. La desmesura inducida por la demanda mundial de azúcar más el trabajo esclavo, sumergen a la Isla en una economía con hipertrofia, unilateral, sin mercado interno significativo, destructora de la riqueza forestal e impedida de incorporar de manera armoniosa y amplia los progresos de la ciencia y la tecnología al proceso de trabajo. Lo que Ramón de la Sagra y Justus von Liebig llamaron «cultivo de rapiña» no consiguió siquiera asalariar la fuerza de trabajo, y sobre esas bases no podía fundarse un Estado independiente basado en la democracia.

En resumen, la plantación no requería de capitalismo económico interior ni de Estado liberal. Con su dependencia casi absoluta de suministros extranjeros contribuía a fortalecer la burguesía de otras regiones, pero no dentro de la Isla. Por esa razón el plantócrata finalmente sucumbe abatido ante su propio engendro exportador-importador.

La sacarocracia como clase social no vivirá para dirigir el tránsito a la gran industria, una revolución restringida al flujo productivo y al modo de comercializar el azúcar, es decir, sin repercusiones modernizantes en la «superestructura» y los modos de pensamiento. A este «renovarse o morir» de la fabricación y comercialización no lo gobiernan ya intereses «nacionales» o isleños, como los que animaron al sacarócrata manufacturero, sino los de un grupo social identificado con las necesidades del mercado receptor de azúcar y emisor de la maquinaria para producirla: los comerciantes inversionistas. Lo que menos deseaban estos «industrializadores» era la independencia económica y política de Cuba. 

La industrialización agudizó la crisis de la esclavitud hasta hacerla desaparecer. Independizó a la agricultura separándose de ella, pero sin que esto sacara a la agricultura del atraso. La industria concentró la producción y la tenencia de tierras, dando lugar a latifundios, y ya en la década de 1890 tenía novísimas maneras de mantener el dominio y ejercer control sobre el territorio de su emplazamiento. Suyos son los servicios de transporte por ferrocarril, la planta que genera y vende electricidad, el negocio de las tiendas mixtas para trabajadores, los hoteles, casas y barracones que estos habitan, la barbería, la farmacia, la carnicería y, a veces, hasta las casas de juego y de prostitución. Además, como otro medio eficaz de sujeción, los centrales azucareros imponen monedas privadas como medio de pago. El central, pues, tiene el aspecto de un Estado en que el poder no es «cosa pública» y la libre circulación de mercancías se ve rodeada de obstáculos. Lo mismo sucede con el latifundio que acapara e inmoviliza grandes extensiones de tierra. 

Igual que cuando el boom productor de fines del XVIII, la fase industrial y latifundista sigue cien años después desestimulando toda actividad que no sea directa o indirectamente azucarera, y aún más si disputa al azúcar tierras o cualquier otro recurso. Pero la nueva etapa económica no cambia el hecho de que el país sea solo un escaparate en que las creaciones del mundo moderno se exhiben abstractamente, como maravillas sacadas de una chistera, ajenas al consumo productivo que las trae a la vida. 

Durante su dilatada existencia, la industria azucarera reduce a Cuba, por una parte, a la condición de consumidora insaciable de bienes exóticos recién creados y, de otra, a la de reservorio de formas rezagadas de actividad económica y modos rutinarios de vida. La máxima de la burguesía azucarera cubana expresaba precisamente su falta de audacia burguesa: «Sin azúcar no hay país», y que, por paradójico que parezca, la Revolución conservase de facto dicho precepto mientras existió la URSS. Por eso, cuando en 1925 comienza una contracción del mercado del azúcar que llega hasta el triunfo del «socialismo», todas las resonancias premodernas contenidas en el latifundio y el central azucarero se acentuarán. 

El principal síntoma de falta de expectativas de progreso que se observa entre los gobernantes de Cuba, desde 1925 en adelante, es el propósito «estabilizador» del intervencionismo del Estado que se abre paso a partir de la Ley Verdeja. La «vasta y minuciosa legislación» que reglamentará al sector azucarero expresa la resignada voluntad de estancamiento por parte de las clases dominantes, y pone en funcionamiento mecanismos que únicamente ralentizan la descomposición del universo nacional sacarodependiente. 

Las categorías sociales implicadas en la producción y el comercio del azúcar tienden a la inmovilidad por efecto de una regulación que evita la ruina de los ingenios de baja productividad y frena la irrealizable proletarización de miles de campesinos: no hay «acumulación originaria» que pueda proletarizarlos. Por el contrario, el bajísimo ritmo de crecimiento económico y de acumulación de capitales que se manifiesta a partir de 1925 y hasta 1958 produce la afluencia de un elevadísimo número de personas hacia actividades contrarias al tipo de vínculos y relaciones que caracterizan a una sociedad burguesa. Tales son los casos del «precarismo» en el campo y ciertas producciones artesanales y servicios de tipo marginal (limpiabotas, limpiapatios, vendedores ambulantes ocasionales, parqueadores, etc.) en las ciudades. En general, la baja demanda de fuerza de trabajo se manifiesta en la existencia creciente del lumpemproletario y el semiproletario, dominados –dice Oscar Zanetti- por sentimientos de inseguridad y frustración con frecuencia exteriorizados en actos de rebeldía.

Los estudiantes universitarios caen también dentro de la especie de gente con futuro laboral incierto y altas dosis de ciego inconformismo. El oficio de pistolero por el que muchos universitarios optan es en definitiva tan incierto, marginal y rudimentariamente precapitalista como el oficio de limpiabotas.

Sin embargo, todo el malestar imaginable condicionado por la crisis crónica de la industria azucarera no hubiera bastado para reinventar el país sobre nuevos fundamentos. Una inserción de Cuba en el mundo sobre bases no azucareras no había madurado. La revolución no estaba a la orden del día. La situación era sencillamente de parálisis y retroceso. Un hecho que confirma lo anterior es el ambiente espiritual que precede y prepara el triunfo de la regresión castrista, radicalmente distinto, por ejemplo, del que precedió y preparó la caída del imperio zarista.

Los «colosos antediluvianos» invocados por Fidel Castro y sus seguidores son básicamente los héroes de la lucha anticolonialista. Ni siquiera el marxismo mecanicista de Blas Roca y el PSP desempeñó alguna función cultural de importancia. En las representaciones de la abrumadora mayoría de «revolucionarios», la esencia de lo cubano la encarnaban mártires y apóstoles, santos varones cuyos «sueños de mármol» permanecían pendientes de realización. Los héroes de la patria habían proporcionado los modelos intemporales de conducta que, en cualquier situación o circunstancia, conducirían supuestamente a la independencia nacional y a la justicia social. El camino no era la invención, sino la reproducción de fórmulas ya fijadas (las sacralizadas «doctrinas del Maestro» y demás grandes patriotas), el rechazo a los «falsos profetas», la imitación de los auténticos héroes, etc. En Cuba las disputas políticas e intelectuales giraban en torno al legado de Martí, y se concedía escasísima importancia «revolucionaria» a la investigación racional y el conocimiento científico de la realidad. 

«El arma de la crítica» esgrimida por Fidel Castro se limita, así, a un romanticismo ramplón. Y de esa ramplonería provino precisamente el atractivo que la «gesta» de los rebeldes de Sierra Maestra ejerció sobre hombres como Errol Flynn, Herbert Matthews y los lectores del New York Times. Muchos simpatizantes de la Revolución cubana vieron en ella el fruto de la «voluntad viril» de un superhéroe amante de la libertad, y dentro de Cuba no faltó quien comparase a Castro con un Jesucristo justiciero. 

Una «revolución» mesiánica como la castrista, apoteótica del estancamiento agrícola monoproductor, aderezada con héroes y santos y sin más vehículo expresivo que el teque y la soflama, recuerda tanto a la Revolución bolchevique de 1917 como la diagonal del cuadrado a una jirafa.

 

*La primera versión de este escrito apareció publicada en el blog de Emilio Ichikawa, el 22 de febrero de 2011.


 

viernes, 17 de septiembre de 2021

Notas sobre el «comunismo de guerra» (IV)

 

Mario Rodríguez Pantoja

 

 

Cerrábase la maleza sobre los hombres que remontaban el curso de la Historia.

Alejo Carpentier

Fidel Castro and his men in the Sierra Maestra

 

Cuenta Cabrera Infante que, aun en la fecha en que escribía un ensayo biográfico sobre Carpentier, seguía abierto un debate iniciado varios años atrás por Carlos Franqui en torno a El siglo de las luces. Franqui, según el testimonio de Cabrera Infante, consideraba contrarrevolucionaria esta novela –con relación a la Revolución francesa y al castrismo-, lo cual hace suponer que la comprensión del régimen cubano por parte de Franqui era esencialmente errónea.

La cuestión de la violencia y sus repercusiones pudo ser con toda seguridad una de las cuestiones de mayor interés polémico. Pero el examen de determinados aspectos de la brutalidad inherente a las revoluciones que Franqui toma en cuenta hace que afloren diferencias significativas entre ellas que, al menos respecto al castrismo, pondrían en entredicho el carácter contrarrevolucionario de El siglo de las luces.

Ha habido formas de violencia revolucionaria de «propiedades milagrosas» (para usar una expresión de Galeano) que no han caracterizado precisamente a la Revolución cubana. Por ejemplo, la resurrección de la esclavitud en el Nuevo Mundo después de su descubrimiento por Europa. La utilización de trabajo esclavo por parte de los colonizadores permitió la acumulación de capitales que luego se invirtieron en la industrialización de Inglaterra, Francia, Holanda, Estados Unidos, en la multiplicación de los medios de comunicación y transporte en poder de estos países, etc. La violencia específicamente castrista, por el contrario, no ha contribuido en modo alguno al perfeccionamiento de la sociedad cubana, no ha sustituido formas retrógradas de vida por otras superiores; carece, por consiguiente, de contenido revolucionario. Y aun cuando desde la perspectiva del progreso se trata de una serie innumerable de actos irracionales, la violencia castrista solo parece concitar, entre la intelectualidad de izquierda, exculpaciones ridículas como las que le dedica Eduardo Galeano.

Si hubiese un ámbito en que la violencia castrista pudiera asociarse a una transformación «profunda» y «creadora», ése no sería otro que el del elemento gansteril y paramilitar de la política republicana. Visto desde una de sus facetas, el «socialismo» de Fidel Castro resulta de la supresión de la anarquía en la esfera de la violencia armada. En la base de dicha reestructuración se ubicaría el estancamiento de un organismo social cada vez más ajeno al tipo de «conmoción» e «inquietud» constante que caracteriza a las relaciones burguesas.

Tras el golpe de Estado protagonizado por el más potente grupo faccioso del momento −formado por los oficiales del ejército que deciden secundar a Batista, comienza la reanimación del universo cubano de las bandas armadas que, a su vez, experimentará un doble proceso de centralización y fractura. Una de entre las organizaciones violentas, recién surgida, comienza a sobresalir por su capacidad de aglutinamiento y por la amplitud y diversidad de sus formas de oposición al grupo en el poder. A paso acelerado la banda encabezada por Fidel Castro se hace omnipresente, abarca el medio urbano y las áreas rurales; posee capacidad para la realización de sabotajes y atentados en ciudades, y para la insurgencia guerrillera. E inmediatamente después de su victoria militar sobre Batista, el castrismo comienza a absorber, fusilar o imponer el exilio a los militantes del resto de organizaciones armadas, con independencia del poderío o la insignificancia de estas, de que fueran competidoras reales o potenciales, o careciran de opciones de supervivencia ante la hegemonía del todopoderoso Ejército Rebelde.

También, y casi de inmediato, la nueva organización dominante cancela la posibilidad de desafíos a su poder hegemónico al fusionar a su aparato militar-policial la economía del país. Así, de paso, el castrismo impone un tipo de asignación y distribución de bienes con apariencia de justicia y plena igualdad entre las personas que, supuestamente, supera los «antagonismos sociales» habidos en Cuba hasta entonces. Mucha gente, a partir de estos «hechos», ha llamado comunista al régimen de los Castro y se ha insistido en la similitud de su sistema con el de la también en apariencia clasistamente difusa Unión Soviética.

El que bajo el castrismo cesara la formación espontánea de sindicatos independientes, como la FOH o la CNOC en la época republicana, y que tampoco hayan aparecido instituciones representativas de los poderosos (una Asociación Nacional de Hacendados, por ejemplo), no es razón suficiente para asegurar que el «comunismo» castrista haya suprimido la existencia de intereses sociales irreconciliables. La explicación de este síntoma de la justicia del castrismo es otra.

La posibilidad misma de que pueda haber castrismo supone una distorsión tal de la clase campesina, del trabajador asalariado y de las capas privilegiadas que permita debilitar y ocultar, al menos en la representación, los antagonismos entre dichos grupos. No puede perderse de vista que el subsidio soviético es un atributo sin el cual el apogeo del régimen castrista, con sus abismales diferencias materiales y políticas entre «vanguardia» y «masa», sería sencillamente impensable.

Gracias a la «ayuda internacionalista» del Kremlin casi todas las ramas de la economía cubana se hicieron prescindibles. Los «bolos» enviaban de todo: la dirección del PCUS compartía una generosa fracción de plustrabajo con la élite «revolucionaria» de La Habana, que podía darse el lujo de destruir la agricultura y la escasa producción industrial de la isla. Valga decir que el subsidio soviético no era una especie de maná bíblico, sino trabajo arrebatado, resultado del expolio a campesinos y obreros de todas las repúblicas la ex Unión Soviética.

Otra cuestión no menos importante en una polémica como la desatada por Franqui sería observar que sólo lo revolucionado por el castrismo podría limitar el contenido de la contrarrevolución anticastrista. Esta última, dicho de otra manera, no podría existir al margen de aquellas transformaciones revolucionarias de las que por fuerza dependería.

Destinar el fruto del saqueo a uzbekos, armenios, ucranianos o rusos a paralizar económicamente el país, a entrenar guerrilleros por toda América Latina, a financiar la presencia de ejércitos cubanos en África, o implantar el apartheid turístico tras el derrumbe de la URSS, enviar médicos a Venezuela a cambio de petróleo y otros negocios por el estilo, puede definirse como se desee, excepto como una revolución social del tipo que sea.

Si nuestro «comunismo» desanduviese sus transformaciones, regresaría a modos perturbadores de organización paramilitar y liderazgo gansteril en las esferas del poder, retornaría a una democracia pistolera sustentada en el dominio de sí de las grandes fábricas de azúcar, pero aun este improbable recorrido no supondría un retroceso porque la «Revolución» cubana no ha conducido sino a remontar el curso de la Historia, dejando solo tras de sí o quedando solo por delante de la edad de las cavernas. Por eso carece de sentido esforzarse en extraer «contrarrevolución» anticastrista de El siglo de las luces.

Fuera del virtuosismo gansteril y del sistema represivo perfecto, el castrismo no supone apenas novedad en comparación con la República neocolonial. La acción intervencionista del Estado en la economía era, como demuestra Oscar Zanetti, un fenómeno creciente en Cuba desde la aprobación de la Ley Verdeja en año 1926, intervención cuyo objetivo era conservar la organización de la industria azucarera, conjuntamente con el resto de la armazón económica y política dependiente de ella. A partir de la fecha mencionada, las exportaciones y los precios del azúcar tienden a caer. Ante esta situación, para asegurar el acceso de todos los productores al mercado externo y salvar de la quiebra a los menos eficientes, el Estado establece una distribución equitativa de cuotas entre fabricantes y agricultores que es antecedente del conservacionismo social de la «Revolución» castrista. Aquella lucha por la igualdad, como luego lo hará el castrismo, amparaba a los productores débiles, sí, pero reproduciendo los fundamentos de la precariedad de estos y la fragilidad de las medidas para hacerla llevadera.

En sus comienzos, la intervención estatal en la producción azucarera respondía a la exigencia de regular el mercado. Pero, a partir de 1933, elementos de otro tipo como las disposiciones en materia laboral (jornada de ocho horas, establecimiento de salarios mínimos, regulación del procedimiento de despido, etc.), cobran relevancia inusitada. Con el castrismo sobrevivieron ambas vocaciones: la de reproducir hasta la eternidad las mismas mezquinas y endebles condiciones socioeconómicas junto a una política de protección al obrero. Las nacionalizaciones y las «conquistas sociales» de la Revolución constituyen pues, la tercera fase histórica de un intervencionismo estatal iniciado bajo la presidencia de Gerardo Marchado.

La dictadura castrista es una mutación en el intervencionismo que profundiza en el conservacionismo oligárquico que la precede, aunque el cuidado del «ecosistema» socio-azucarero pierda importancia frente al «programa social». Para mantener obstruido el cambio histórico, el progreso, el «ecologismo comunista» no tiene otra salida que la destrucción de importantes categorías del organismo social anterior, o la degradación de otras, sin apenas agregar algo nuevo. Por eso ha representado una pérdida progresiva de la realidad isleña, una simplificación de la vida nacional hasta el extremo de que hoy Cuba, carente de desarrollo industrial, tampoco participa de las relaciones internacionales como productor agrario de importancia, mientras «conquista» y se obstina en conservar su condición de importadora neta de alimentos.

En el caso cubano en particular, a la magra realidad socioeconómica que colma su «revolución» corresponde una producción intelectual carente de trascendencia teórica o artística. El gran cambio social que el castrismo se arroga no cuenta entre sus condicionantes con un «enciclopedismo» que contribuyera a crearle un ambiente espiritual mínimamente culto (ni Ortiz ni Guerra ni Cepero Bonilla ni Fraginals, por poner algunos ejemplos, prepararon intelectualmente la llegada del castrismo), como sí ocurrió con la Revolución francesa de 1789; tampoco el castrismo ha inspirado luego, ni dentro ni fuera, monumentos interpretativos o literarios en algún grado dignos de la filosofía hegeliana o de El siglo de las luces. En este respecto el régimen cubano tampoco tiene parangón con la Revolución rusa.

Posiblemente el «comunismo de guerra» sea el único punto de similitud socioeconómica entre el bolchevismo y la dictadura de los Castro. Aunque, para empezar, haya de reconocerse que, si en Rusia dicha situación resultó pasajera, en Cuba ha existido prácticamente de 1959 hasta hoy.

En 1918, y recién salida de la Primera Guerra Mundial, Rusia se vio envuelta en una guerra civil que exigía de las nuevas autoridades el control centralizado de la industria para salvaguardarla, por lo que el Estado soviético la nacionalizó y, cuando carecía de medios para hacerla funcionar directamente, la arrendó a capitales extranjeros. El Estado hubo de adoptar, además, una política de requisa de alimentos, pues la situación de la industria impedía pagar los productos del agro con bienes manufacturados y los obreros industriales debían ser alimentados. La requisa sustituía pues, al mercado como vínculo entre las producciones del campo y la ciudad.

El castrismo, por su parte, completó en 1968 su peculiar «comunismo de guerra» con el nombre de «ofensiva revolucionaria» que, al igual que el ruso, consistió en suprimir el mercado como forma de relación entre productores, pero vaciando o descampesinando el agro, y extirpando simultáneamente a los pequeños y medianos negocios urbanos, sustituyéndolos por un sistema de distribución basado en el racionamiento del consumo. La guerra contra el pequeño y mediano productor de mercancías, o «comunismo de guerra» castrista, fue pues, mucho más drástica y definitiva que la bolchevique.

En Rusia el «comunismo de guerra» –a diferencia de los fines que la variante castrista le imprime perseguía salvar del caos y la descomposición a la industria heredada del zarismo, mantener viva e impulsar la perspectiva modernizadora que con Nicolás II había entrado en un callejón sin salida. El bolchevismo se proclamaba así protector de un elemento civilizador al que la guerra civil rusa amenazaba de muerte. Este objetivo lo conquista el bolchevismo por medio del terror leninista, purgando luego al propio partido, generando hambruna, sometiendo y despojando al campesinado de sus excedentes cuando fuera necesario, e imponiendo a los obreros incontables privaciones.

En Cuba, nuestro peculiar «comunismo de guerra» no ha tenido otro fin que reproducir permanentemente el estado generalizado de pobreza entre la masa de población gobernada, sobre la base de la ruina industrial y agrícola de la nación. Su forma extrema y prolongada culminación, el «período especial» (crisis crónica del sistema de salud, incapacidad permanente para alcanzar la suficiencia alimentaria, etc.), representa el resquebrajamiento en apariencia definitivo de la función caritativo-paternalista del Estado «revolucionario».

Los bolcheviques fueron antes, durante y después de los años de «comunismo de guerra» un partido que apostó por la industrialización, por hacer de Rusia una potencia militar e industrial de primer orden mediante procedimientos más o menos similares a los empleados por los países civilizados de la Europa occidental. El PCC castrista, al contrario, nació apostando por la degradación productiva, el retroceso económico y la dependencia parasitaria, sin importar en realidad respecto a quienes: si a sus socios soviéticos o venezolanos, o a sus «enemigos mortales»: los Estados Unidos de América.