A Manuel Moreno Fraginals
Mario Rodríguez Pantoja
La trayectoria descrita por la Revolución cubana, desde que aparece y hasta que empiezan a desmoronarse sus «conquistas», contiene una serie de rasgos que permiten referirse a ella como un proceso de regresión histórica. Es como si, al reinventarse revolucionariamente, la sociedad de la Isla en realidad se hubiera movido describiendo un círculo que se contrae y se cierra en un punto remoto del pasado prerrevolucionario, aunque bajo circunstancias internas e internacionales diferentes.
Resulta llamativo el parecido de los fundamentos sobre los que se erige la Revolución cubana con los de La Habana colonial anterior a la fiebre azucarera de la segunda mitad del siglo XVIII, y es probable que dicho parecido no sea lisa y llanamente una casualidad, aunque sólo sea porque la casualidad consista en una «forma general del juicio».
A mi modo de ver, el vínculo orgánico del comienzo con la postrimería es un «misterio» aún por desvelar: después de emerger en calidad de apéndice militar subsidiado por el virreinato de Nueva España, la etapa de fortificaciones y trasiego de navíos que animaban la vida habanera prepara el paso a una época de esplendor fundada en el negocio azucarero. Pero casi dos siglos después, el declive de esta misma industria prepara el triunfo de un régimen autocrático o «socialista» que logra consolidarse aceptando que, a cambio de un cuantioso subsidio, la Unión Soviética incorpore a Cuba entre sus accesorios bélicos.
El azúcar fue durante más de dos siglos la forma cubana de lo universal, comienzo y «arjé» del cosmos insular forjado con ineludible mezquindad por parte de la «plantocracia», y quizá por eso destinado a retornar a un «sitio militar» similar al de su nacimiento, para apagarse mortalmente.
El establecimiento de rutas marítimas permanentes entre España y América en la segunda mitad del siglo XVI determinó que la villa de La Habana se convirtiera en pieza clave del imperio. El puerto habanero no podía caer en manos de potencias rivales sin causar graves perjuicios a las comunicaciones de España con sus posesiones en el Nuevo Mundo. Consciente de ello, el rey Felipe II ordena la fortificación de La Habana, cuyo costo sufragarían las cajas del virreinato de Nueva España. La construcción de las fortalezas del Morro y la Punta, la existencia de una fuerte guarnición y el “situado” de México hicieron circular el dinero que favoreció la fabricación de azúcar, escribe Ramiro Guerra, y aún en el siglo XVIII buena parte de los caudales destinados por la corona a la erección de La Cabaña fueron empleados en fomentar ingenios. Gracias a la guerra anglo-española de 1779, por ejemplo, se introdujeron millones de pesos, parte de los cuales se convirtieron en fondos de inversión para negocios privados.
Aunque en el siglo XVIII Cuba todavía se compone de regiones escasamente vinculadas entre sí y con características económicas diversas, este hecho comienza a modificarse en la medida en que la industria azucarera se propaga por todo el país. Con esto el cuadro físico y social de las diversas regiones se hace homogéneo, pero es en La Habana donde comienza el despliegue a gran escala de la producción de azúcar y donde dicho desarrollo tiene que abrirse camino mediante una revolución de grandes dimensiones.
La plantocracia habanera conquista con su actividad un nuevo marco jurídico de tenencia de la tierra que liquida el anterior sistema de mercedes y mayorazgos; crea una organización manufacturera que barre en gran parte con el modo artesanal de producir azúcar y que permite a Cuba verse representada en el concierto de los pueblos civilizados, ingresando en la modernidad, borrando su localismo, dejando atrás su significación meramente geográfico-militar. La manufactura azucarera atrajo hacia Cuba la máquina de vapor, el gas y la electricidad, el ferrocarril, el telégrafo y el teléfono. La inquieta azúcar, en adecuadas proporciones, podía transfigurarse en cualquier cosa, y, bajo las formas más diversas, retornar a la Isla.
La «sacarocracia» conquista el Cabildo habanero, modifica las instituciones coloniales y el modo de pensar en política, derecho y religión; funda cátedras para que las ciencias de Smith y Montesquieu sean enseñadas. Y para que la producción quede libre de «secretos feudales», hace esfuerzos para que la agricultura se asiente en conocimientos de física, química y botánica.
Sin embargo, la revolución de la plantocracia no llega a alterar el estatus colonial de la Isla. Su lastre principal es el frenesí que le imponen las leyes del mercado y el tener que recurrir a la esclavización de la fuerza de trabajo. «En su violento despertar –dice Moreno Fraginals– la sacarocracia está dominada por la avaricia y la ilimitada ambición de enriquecerse». Por eso naturalmente destruye o absorbe todas las energías y capacidades humanas con que se halla a su paso. En la zona de La Habana, la construcción de los edificios y el trapiche del ingenio, las labores del tejar, la dirección técnica y aun el corte y acarreo de caña cancelan la posibilidad de que exista un campesinado independiente, a la vez que sustraen también obreros al astillero, a la fundición y a otras diversas labores artesanas. La desmesura inducida por la demanda mundial de azúcar más el trabajo esclavo, sumergen a la Isla en una economía con hipertrofia, unilateral, sin mercado interno significativo, destructora de la riqueza forestal e impedida de incorporar de manera armoniosa y amplia los progresos de la ciencia y la tecnología al proceso de trabajo. Lo que Ramón de la Sagra y Justus von Liebig llamaron «cultivo de rapiña» no consiguió siquiera asalariar la fuerza de trabajo, y sobre esas bases no podía fundarse un Estado independiente basado en la democracia.
En resumen, la plantación no requería de capitalismo económico interior ni de Estado liberal. Con su dependencia casi absoluta de suministros extranjeros contribuía a fortalecer la burguesía de otras regiones, pero no dentro de la Isla. Por esa razón el plantócrata finalmente sucumbe abatido ante su propio engendro exportador-importador.
La sacarocracia como clase social no vivirá para dirigir el tránsito a la gran industria, una revolución restringida al flujo productivo y al modo de comercializar el azúcar, es decir, sin repercusiones modernizantes en la «superestructura» y los modos de pensamiento. A este «renovarse o morir» de la fabricación y comercialización no lo gobiernan ya intereses «nacionales» o isleños, como los que animaron al sacarócrata manufacturero, sino los de un grupo social identificado con las necesidades del mercado receptor de azúcar y emisor de la maquinaria para producirla: los comerciantes inversionistas. Lo que menos deseaban estos «industrializadores» era la independencia económica y política de Cuba.
La industrialización agudizó la crisis de la esclavitud hasta hacerla desaparecer. Independizó a la agricultura separándose de ella, pero sin que esto sacara a la agricultura del atraso. La industria concentró la producción y la tenencia de tierras, dando lugar a latifundios, y ya en la década de 1890 tenía novísimas maneras de mantener el dominio y ejercer control sobre el territorio de su emplazamiento. Suyos son los servicios de transporte por ferrocarril, la planta que genera y vende electricidad, el negocio de las tiendas mixtas para trabajadores, los hoteles, casas y barracones que estos habitan, la barbería, la farmacia, la carnicería y, a veces, hasta las casas de juego y de prostitución. Además, como otro medio eficaz de sujeción, los centrales azucareros imponen monedas privadas como medio de pago. El central, pues, tiene el aspecto de un Estado en que el poder no es «cosa pública» y la libre circulación de mercancías se ve rodeada de obstáculos. Lo mismo sucede con el latifundio que acapara e inmoviliza grandes extensiones de tierra.
Igual que cuando el boom productor de fines del XVIII, la fase industrial y latifundista sigue cien años después desestimulando toda actividad que no sea directa o indirectamente azucarera, y aún más si disputa al azúcar tierras o cualquier otro recurso. Pero la nueva etapa económica no cambia el hecho de que el país sea solo un escaparate en que las creaciones del mundo moderno se exhiben abstractamente, como maravillas sacadas de una chistera, ajenas al consumo productivo que las trae a la vida.
Durante su dilatada existencia, la industria azucarera reduce a Cuba, por una parte, a la condición de consumidora insaciable de bienes exóticos recién creados y, de otra, a la de reservorio de formas rezagadas de actividad económica y modos rutinarios de vida. La máxima de la burguesía azucarera cubana expresaba precisamente su falta de audacia burguesa: «Sin azúcar no hay país», y que, por paradójico que parezca, la Revolución conservase de facto dicho precepto mientras existió la URSS. Por eso, cuando en 1925 comienza una contracción del mercado del azúcar que llega hasta el triunfo del «socialismo», todas las resonancias premodernas contenidas en el latifundio y el central azucarero se acentuarán.
El principal síntoma de falta de expectativas de progreso que se observa entre los gobernantes de Cuba, desde 1925 en adelante, es el propósito «estabilizador» del intervencionismo del Estado que se abre paso a partir de la Ley Verdeja. La «vasta y minuciosa legislación» que reglamentará al sector azucarero expresa la resignada voluntad de estancamiento por parte de las clases dominantes, y pone en funcionamiento mecanismos que únicamente ralentizan la descomposición del universo nacional sacarodependiente.
Las categorías sociales implicadas en la producción y el comercio del azúcar tienden a la inmovilidad por efecto de una regulación que evita la ruina de los ingenios de baja productividad y frena la irrealizable proletarización de miles de campesinos: no hay «acumulación originaria» que pueda proletarizarlos. Por el contrario, el bajísimo ritmo de crecimiento económico y de acumulación de capitales que se manifiesta a partir de 1925 y hasta 1958 produce la afluencia de un elevadísimo número de personas hacia actividades contrarias al tipo de vínculos y relaciones que caracterizan a una sociedad burguesa. Tales son los casos del «precarismo» en el campo y ciertas producciones artesanales y servicios de tipo marginal (limpiabotas, limpiapatios, vendedores ambulantes ocasionales, parqueadores, etc.) en las ciudades. En general, la baja demanda de fuerza de trabajo se manifiesta en la existencia creciente del lumpemproletario y el semiproletario, dominados –dice Oscar Zanetti- por sentimientos de inseguridad y frustración con frecuencia exteriorizados en actos de rebeldía.
Los estudiantes universitarios caen también dentro de la especie de gente con futuro laboral incierto y altas dosis de ciego inconformismo. El oficio de pistolero por el que muchos universitarios optan es en definitiva tan incierto, marginal y rudimentariamente precapitalista como el oficio de limpiabotas.
Sin embargo, todo el malestar imaginable condicionado por la crisis crónica de la industria azucarera no hubiera bastado para reinventar el país sobre nuevos fundamentos. Una inserción de Cuba en el mundo sobre bases no azucareras no había madurado. La revolución no estaba a la orden del día. La situación era sencillamente de parálisis y retroceso. Un hecho que confirma lo anterior es el ambiente espiritual que precede y prepara el triunfo de la regresión castrista, radicalmente distinto, por ejemplo, del que precedió y preparó la caída del imperio zarista.
Los «colosos antediluvianos» invocados por Fidel Castro y sus seguidores son básicamente los héroes de la lucha anticolonialista. Ni siquiera el marxismo mecanicista de Blas Roca y el PSP desempeñó alguna función cultural de importancia. En las representaciones de la abrumadora mayoría de «revolucionarios», la esencia de lo cubano la encarnaban mártires y apóstoles, santos varones cuyos «sueños de mármol» permanecían pendientes de realización. Los héroes de la patria habían proporcionado los modelos intemporales de conducta que, en cualquier situación o circunstancia, conducirían supuestamente a la independencia nacional y a la justicia social. El camino no era la invención, sino la reproducción de fórmulas ya fijadas (las sacralizadas «doctrinas del Maestro» y demás grandes patriotas), el rechazo a los «falsos profetas», la imitación de los auténticos héroes, etc. En Cuba las disputas políticas e intelectuales giraban en torno al legado de Martí, y se concedía escasísima importancia «revolucionaria» a la investigación racional y el conocimiento científico de la realidad.
«El arma de la crítica» esgrimida por Fidel Castro se limita, así, a un romanticismo ramplón. Y de esa ramplonería provino precisamente el atractivo que la «gesta» de los rebeldes de Sierra Maestra ejerció sobre hombres como Errol Flynn, Herbert Matthews y los lectores del New York Times. Muchos simpatizantes de la Revolución cubana vieron en ella el fruto de la «voluntad viril» de un superhéroe amante de la libertad, y dentro de Cuba no faltó quien comparase a Castro con un Jesucristo justiciero.
Una «revolución» mesiánica como la castrista, apoteótica del estancamiento agrícola monoproductor, aderezada con héroes y santos y sin más vehículo expresivo que el teque y la soflama, recuerda tanto a la Revolución bolchevique de 1917 como la diagonal del cuadrado a una jirafa.
*La primera versión de este escrito apareció publicada en el blog de Emilio Ichikawa, el 22 de febrero de 2011.
