Cuando por causa de una
dolencia incurable Salvatore Roncone va a pasar en Milán lo que le queda de
vida, le suceden un par de encuentros callejeros diversos, pero extraordinarios, dentro de la novela que sobre él escribiera
José Luis Sampedro. El que se produce entre Valerio Ferlini y Roncone
conduce a este último a una trepidante aventura en la universidad del lugar, una experiencia insospechada a la que se someterá con la esperanza de que la huella que quiere dejar en un nieto recién nacido no se pierda en el anonimato, sino que, llegado el momento, arribe a la conciencia del niño y se fije en su memoria.
Valerio había sido contratado
como podador eventual -oficio que no dominaba- y el hacha que empuñaba estragaba el ramaje de un árbol la fría mañana en que atrajo sobre sí la «cólera
labradora» de un transeúnte que «lo apedreó» con un grito.
Los modales agrestes de Salvatore no perturban la curiosidad de Valerio. Así que, inmediatamente después del «apedreamiento verbal» con el que entran en contacto, el viandante y el improvisado podador entablan conversación. Este último resulta ser un aficionado a la etnología que colabora en el departamento de un afamado profesor universitario de nombre Buoncontoni.
Enterado de que el viejo Salvatore es un campesino de Calabria, el joven
aprendiz de antropólogo le arranca la promesa de que al día siguiente tomarán un café y se va corriendo a comunicar a sus colegas de la universidad el
«hallazgo sureño» que acaba de hacer en pleno centro de Milán. Ferlini conoce el especial interés de Buoncontoni por
la región de La Sila que, por así decirlo, conserva inalteradas muchas de sus
costumbres desde los tiempos de la Edad Media. Valerio piensa que el anciano del que acababa de hacerse amigo podría brindar al departamento de Estudios Etnológicos una información de valor inestimable y
Buoncontoni, en efecto, le dice que sí, que invite a Roncone a la universidad.
Cuando vuelven a
encontrarse, a Salvatore le cuesta entender la proposición que le hace el joven
de que consienta en convertirse en «sujeto de estudio» y que se le retribuirá por ello. El
joven insiste en que solo será por unos días, un par de semanas a lo sumo, y
que es para que no se pierda su historia, la de Roncone; que una de las finalidades del departamento con el que colaboraría, si finalmente acepta, es
que se registren y conserven para la posteridad los cuentos, las coplas, los refranes asociados a las costumbres de las diversas regiones del país, y que, probablemente, él conozca algunas de su región de las que la academia no tenga todavía noticia, o de las que Salvatore se sepa versiones que aún no han trascendido las fronteras calabresas. Además, si aceptase colaborar, estaría
contribuyendo a que Valerio pudiera aspirar a un empleo fijo y de su gusto
porque, quién sabe, tal vez de la información que aporte Roncone consiga el joven escribir
un libro que lo consagre como investigador. «¡Hágalo por mí, Salvatore!», le implora.
Valerio le ha caído
simpático, y por supuesto que desea ayudarlo. Pero a Roncone de pronto se le ocurre que podría ser esta la ocasión que le ofrece la vida de burlarse de
«comelibros» como su nuera, que no saben nada de la vida. Además, ¿qué dirá la
Andrea cuando se entere de que él, Salvatore, habla en la Universidad a los
profesores? «Lo que oyes, tonta», le diría, «yo en la tribuna, Salvatore el
pastor de Roccasera». Por otra parte, y esto es decisivo para el viejo, ¡su historia guardada en «un artefacto de
esos» podría más adelante llegarle al pequeño Brunettino! ¡El nieto llegaría saber
cómo su abuelo se las ingenió para no desaparecer sin antes hablarle!
La intención del viejo ya está decidida. No va a contar fábulas ni tradiciones calabresas, sino que aprovechará la
oportunidad para llevar adelante un asunto mucho más urgente para él. Salvatore quiere
que graben lo que va a decir, pero no sobre la tradición oral o las costumbres
de Calabria propiamente, sino en relación con el maravilloso motivo por el que desea que se prolongue su estancia en Milán. Es para ese nietecito recién
conocido para el que hablará; para ese pequeñajo que, a su parecer, está determinando que el
hecho de que su abuelo se llame Salvatore no sea una nominación gratuita.
Roncone es consciente de
que deberá camuflar muy bien lo que desea dejar dicho a Brunettino para que logre pasar inadvertido ante el oído experto de los profesores. Pero hay además una cuestión que lo
inquieta: «¿quién sabe cómo estos utilicen luego la verdad?» No hay más remedio que confiar en que todo saldrá como espera. El viejo echa mano de las
leyendas que ha oído en su tierra e introduce, mediante cambios certeros en las fábulas que escoge, los mensajes destinados a su nieto. A pesar de que Salvatore ignora el lenguaje metafórico y la existencia de
técnicas narrativas, el resultado que obtiene es francamente artístico.
Roncone supera la primera
prueba de manera convincente: cuenta la historia de un joven príncipe que se refugia
en una cueva para evadir la maldición de una profecía y que, contra todo
presagio, es rescatado por un «viejo viejísimo» con barba blanca y cayado de pastor que deshace el maleficio y lo salva de una muerte segura,
porque la falta de luz y de aire fresco empezaban a minarle la salud. El viejo
viejísimo −un brujo con voz de cristal− derrama sangre de una colodra en las
venas del joven que entonces se yergue, sube al trono que es suyo por derecho y reina durante muchos años, acordándose «siempre, siempre» del viejo de la montaña que, luego de
devolverlo a la alegría de la vida, desaparece y no es vuelto a ver jamás.
En otra de las leyendas
que Salvatore recrea −la de un tal Morrodentro, en guerra permanente con un tal
Cantanotte− aparece un cristiano gravemente enfermo al que un ángel se le
aparece por las noches para curarlo con su suavidad y su delicioso olor. La enfermedad
que padece el personaje tiene la forma de un monstruo llamado «Rusca», que le
roe las entrañas. Al final el cristiano se salva −es decir, vive feliz sus
últimos momentos junto al ángel suave y oloroso− y su enemigo mortal −el odioso
Cantanotte− muere antes que él, reventado de envidia y rabia.
En las fábulas de Roncone,
su público universitario cree identificar leyendas míticas que confirmarían la
milenaria quietud de la existencia humana en Roccasera. Las historias de
Salvatore serían supuestas reconstrucciones ulteriores en las que estarían
combinados los temas de Edipo y Layo, Ishtar y Tammuz, Prometeo y Salomón...,
donde se presentan sátiros y egipanes, y hasta parecen reproducirse relatos del
Panchatantra modificados, o de los fabliaux franceses.
Una de las grabaciones
que hacen al viejo los del departamento de Etnología va a suscitar una
discusión con desenlace inesperado para todos: Roncone refería una leyenda
sobre niños abandonados en el campo y criados por cabras que sus oyentes
relacionan con mitos como el de Zeus y Amaltea. Luego de escuchar a Roncone, a
un profesor alemán que asiste como invitado se le ocurre una digresión sobre la
clave del comportamiento humano, proporcionada según él por la Psicología en
tanto que ciencia del alma, que es sede de los impulsos, el razonamiento, la memoria,
la personalidad...
Bouncontoni, un tanto exasperado, replica al alemán que la Psicología sobra, solo existe como construcción
especulativa; que el objeto de esa supuesta «ciencia» es un producto de la
fantasía porque en la conducta humana lo que no es orgánico es social; y lo que
no expliquen del hombre la Genética y la Fisiología, lo explica la
Sociología. Nuestra conducta es genes y adrenalina combinados con la educación
y los condicionamientos sociales, concluye Bouncontoni.
El ambiente deja de ser
académico y cordial, está a punto de estallar en una trifulca y
Salvatore da pábulo a la inminente bronca preguntándose en voz alta: «¿un solo alemán asusta a tantos italianos?»
Ya le gustaría a él haber visto a estos etnólogos durante la guerra,
seguramente «emboscados en la retaguardia, con sus libros y sus papeles».
Bouncontoni, que lo ha escuchado, le responde
que se equivoca; le dice que fue partisano −como Roncone− y le muestra una
larga cicatriz de guerra.
El viejo, avergonzado,
responde que no se ha portado bien, «compañero, y perdona». «A veces, en mis
historias, he exagerado... Bueno, un poquito. No era engañaros lo que quería,
no; eran como bromas. Quiero que lo sepáis: no toméis en serio todo lo que os
dije. ¡Me gustaba tanto hablar de la montaña, del país! ¡Y me encontraba tan a
gusto entre vosotros! Gracias por estos ratos. Si queréis, os devuelvo el
dinero».
Bouncontoni le dice
que ya había notado lo extraordinariamente «fértil» que era su memoria, pero que, aun así, sus recreaciones
eran documentos antropológicos de primera porque, «cuando habla un hombre de tu condición,
diga lo que diga, están hablando las raíces de un pueblo». «Además, compañero,
¿quién sabe distinguir sin fallos entre lo que es verdad y lo que no lo es?»
Entonces es Salvatore
quien responde que «alto, por ahí no paso. La verdad se toca. Yo la toco».
«¿Tú crees?» −pregunta
irónico Buoncontoni−. «Dime algo que sea verdad, sin sombra de duda, algo indiscutible».
La respuesta de Salvatore
brota explosiva: «¡Un niño!».
Me encanta la historia de Roncone y su amor por el nietecito.
ResponderEliminar♥️
Eliminar¡Gracias, Jen!
EliminarBellísimo.
ResponderEliminarMiscelánea. El anciano tiene miedo de expresarse libremente porque dejó de confiar en el ser humano y sin embargo tiene fe en él amando a su nieto. Como diría el alfarero: si deseas ver algo diferente, mánchate las manos de barro.
ResponderEliminarMe alegra que el texto haya dejado en ti esa impresión. ¡Muchas gracias!
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